Desde sus orígenes, el ser humano ha experimentado el impulso de competir. Competimos para sobrevivir, para progresar, para lograr objetivos, ´para demostrar nuestras capacidades y, en ocasiones para obtener el reconocimiento de los demás.
La competencia, la pasión y la rivalidad nos pueden llevar a ir en perjuicio de la amistad, del reconocimiento y del respeto. Esto pasa en el deporte, en la vida en general, en la política, en el trabajo, en el mundo corporativo, incluso entre hermanos y amigos. Aprender a competir, entonces, desde niños, es importante. La rivalidad humana siempre ha existido, siempre existirá. Pero también es humana y universal nuestra necesidad de amistad, de vínculos humanos y de compartir. Cuando gana la codicia y la rivalidad, el ser humano se enferma. Los vínculos se envenenan. Pero, cuando aprendes desde niño a perder, a compartir y también a ganar, entiendes el valor de la sana competencia.
La sana competencia no consiste en demostrar que somos superiores a los demás, sino en descubrir hasta dónde somos capaces de superarnos a nosotros mismos. Cuando competimos para desarrollar nuestras capacidades, el adversario deja de ser una amenaza y se convierte en estímulo para nuestro crecimiento. No basta con alcanzar la victoria; también importa la calidad moral de los actos mediante los cuales la conseguimos. Una victoria obtenida mediante la deslealtad puede proporcionar satisfacción momentánea, pero difícilmente constituye una verdadera realización humana. Por el contrario, una derrota asumida con dignidad puede representar el triunfo del carácter.
La pasión constituye uno de los grandes propulsores de la conducta humana. Nos impulsa a perseverar cuando aparecen las dificultades. Alimenta la voluntad, fortalece el compromiso y proporciona intensidad a nuestras aspiraciones. Pero, cuando la pasión deja de estar gobernada por la razón, puede transformarse en obsesión. Quien compite apasionadamente puede experimentar entusiasmo, satisfacción, frustración, orgullo o decepción. Todas estas emociones forman parte de la experiencia humana. La pasión constructiva nos impulsa a prepararnos mejor, aceptar nuestros errores, reconocer nuestras limitaciones y perseverar con disciplina. La pasión destructiva nos conduce a la intolerancia frente a la derrota, la incapacidad de reconocer los méritos ajenos y la necesidad obsesiva de imponernos. La primera fortalece la personalidad. La segunda puede debilitar nuestro equilibrio emocional y deteriorar nuestras relaciones. La verdadera fortaleza no consiste en sentir menos pasión, si no en poseer suficiente madurez para dirigirla a fines nobles.
La rivalidad suele interpretarse como una confrontación entre personas que desean alcanzar un mismo objetivo. La rivalidad adquiere su verdadera dimensión moral cuando comprendemos que el adversario no representa necesariamente una amenza para nuestra dignidad, sino una oportunidad para demostrar nuestras virtudes. Que nos exige trascender nuestros límites. El adversario competente nos obliga a mejorar. Un rival extraordinario puede convertirse en uno de nuestros mejores maestros, incluso sin proponérselo.
Es posible desear sinceramente el bienestar de una persona y, simultáneamente querer derrotarla. Siempre que distingamos entre el resultado de una competencia y el valor integral de la persona. La amistad auténtica no exige que renunciemos a nuestras aspiraciones, ni que debamos ceder permanentemente ante los deseos de nuestros amigos. La verdadera amistad necesita honestidad, reciprocidad, confianza y libertad. El problema surge cuando el éxito del amigo deja de producirnos alegría y comienza a despertar resentimiento, y aparece la envidia. Y la envidia, si no se reconoce y gobierna, puede convertirse en uno de los mayores enemigos de la amistad.
El respeto es uno de los pílares indispensables de la convivencia humana. Sin respeto, la competencia degenera en una lucha por la dominación. El adversario no es un objeto que debemos destruir para conquistar el éxito.Es una persona que conserva integramente su dignidad, independientemente de sus capacidades, errores o resultados. La competencia respetuosa exige reconocer la validez de sus reglas, aceptar decisiones legítimas y comprender que ningún triunfo autoriza
el desprecio. La verdadera nobleza del competidor se manifiesta tanto en la manera de ganar como en la de perder.
Podemos controlar, en gran medida, nuestra preparación, disciplina, honestidad, esfuerzo y actitud. Pero no podemos garantizar todos los resultados. Por ello, una persona madura no deposita toda su estabilidad emocional en la victoria. La derrota puede enseñarnos paciencia, perseverancia y capacidad de autocrítica. La victoria puede enseñarnos gratitud, moderación y responsabilidad. En este sentido, ganar con humildad y perder con dignidad son dos expresiones complementarias de una misma virtud: La templanza.
¿Cómo podemos conservar la pasión y la amistad dentro de la competencia?: Se puede proponer lo siguiente:
. Competir para superarse, no para humillar.
. Separar la competencia del afecto o amistad.
.Respetar las reglas y actuar con justicia.
-Gobernar las emociones.
.Reconocer sinceramente el mérito ajeno.
.Aprender tanto de las victorias como de las derrotas.
.Recordar que las personas valen más que los resultados.
Quizás uno de los mayores signos de madurez consiste en comprender que podemos rivalizar intensamente durante una competencia y, al concluirla, conservar intactas nuestra capacidad de admiración y. nuestra disposición a la amistad.
Finalmente, compite con toda tu pasión, lucha con toda tu determinación y aspira a ganar con todas tus capacidades. Pero nunca permitas que el deseo de ganar sea más grande que tu respeto por los demás. Porque las victorias pasan, los trofeos envejecen y los reconocimientos se olvidan; en cambio, la nobleza de nuestros actos, la dignidad de nuestra conducta y la amistad que supimos conservar representan nuestros triunfos más duraderos.
A continuación frases célebres sobre el tema:
-EPICTETO: «No se llega a campeón sin sudar»
-SÉNECA: «El gobierno más difícil es el de uno mismo»
-CICERÓN: «La honradez siempre merece elogio, aunque no proporcione recompensa»
-MICHEL DE MONTAIGNE: «Cad virtud necesita solamente una persona, pero la amistad necesita dos»
-JACINTO BENAVENTE: «En la pelea se conoce al soldado; solamente en la victoria se conoce al caballero»
-PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA: «Vencer y perdonar equivale a vencer dos veces»
Feliz domingo querida Familia y amigos. En la vida encontraremos competidores, rivales y amigos con quienes compartirtemos triunfos y derrotas. Ganar nos puede hacer exitosos, pero respetar a nuestros adversarios, alegrarnos por los amigos y conservar nuestros principios es lo que verdaderamente nos hace grandes. Un afectuoso saludo a todos los lectores.
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